

LOS PUEBLOS
SE QUEDAN
SIN MUJERES
Las mujeres de entre 16 y 44 años abandonan los pueblos de menos de 1.000 habitantes de Castilla y León
El bar de Pili es el único que sirve café a la hora de la partida en Olombrada, un pueblo del norte de Segovia perteneciente a la Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar. En el bar de Pili se reúnen los hombres después de comer para ver la televisión, jugar al mus y al dominó o para, simplemente, hablar: del tiempo, de política - “¡Tengo que quitar La sexta!”-, se queja Pili, o de lo que se tercie. Pili es la única mujer.
Fuera del bar, en las calles casi desiertas, solo el fuerte viento y el motor de dos tractores rompen un silencio más propio de películas del Oeste que de un pueblo donde, según el último censo, viven 517 personas.

Castilla y León es el epicentro de lo que ahora todos llaman España vaciada. Los pueblos de menos de 1.000 habitantes han perdido en los últimos 20 años un cuarto de su población y, a pesar de que nueve de cada diez pueblos de la comunidad no alcanza el millar de vecinos, solo dos de cada diez castellanoleoneses viven en ellos.

Imagen: Autoría propia Creado con Canva
Pero ¿de quién se vacía Castilla y León? Las mujeres causaron dos de cada tres bajas en los padrones de menos de 1.000 habitantes de la comunidad en los últimos 20 años, según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). En Olombrada viven hoy 125 mujeres menos que en el año 2002.
Una de esas mujeres es Rosa Arranz, agricultora y ganadera y una de las principales voces femeninas en el campo de Castilla y León. Es la actual presidenta de la asociación estatal Unión de Mujeres Agricultoras y Ganaderas y una imprescindible en la lucha por visibilidad de las mujeres que siguen habitando los pueblos de la comunidad.
En España el 51% de la población es femenina, sin embargo, en los municipios de menos de 1.000 habitantes de Castilla y León las mujeres representan el 45% del total, seis puntos por debajo de la media española, que llega a once en los municipios de menos de 50 censados, donde solo cuatro de cada diez personas son mujeres.
Rosa Arranz, que también fue presidenta de ISMUR durante 15 años, señala que “son las chicas quienes salen a formarse mayoritariamente y tras invertir años de su vida y esfuerzo económico de la familia prefieren buscar trabajo fuera, por la ausencia de alternativas laborales en el medio rural”. Por el contrario, algunos chicos deciden quedarse vinculados a los trabajos del campo. Rosa explica también que en la salida mayoritaria de mujeres “influye mucho la escasez de servicios, porque las mujeres proyectan la vida teniendo en cuenta las necesidades familiares y no solo las aspiraciones personales”.

Rosa Arranz
Presidenta de la Unión de Mujeres Agricultoras y Ganaderas
Las palabras de Rosa coinciden con el informe Despoblación, reto demográfico e igualdad, del Ministerio de Política Territorial y Función Pública, “en la mayor parte del territorio español se ha producido un proceso intenso de masculinización, y un evidente déficit de población femenina respecto a la estructura demográfica objetiva de los territorios”. Además, “el 40% de las mujeres que salieron de los municipios menores de 1.000 habitantes tenían entre 16 y 44 años, con los efectos socioeconómicos y demográficos que conlleva a corto y medio plazo”.
Esta tendencia solo se vio interrumpida por la vuelta al pueblo que muchas familias hicieron en 2020 a causa de la pandemia y que se revirtió el pasado año con el regreso a la nueva normalidad: de 2021 al 2022 la salida de mujeres de los pueblos de Castilla y León aumentó otro 10% respecto al período anterior.

Políticas fallidas contra la despoblación
La Junta de Castilla y León puso en marcha en el año 2010 la Agenda para la Población con el objetivo de frenar la sangría poblacional de la comunidad, pero tras 13 años y un presupuesto poco claro que se estimó en tres millones de euros, no ha logrado evitar que se pierda más población de la que tiene actualmente la provincia de Zamora. Por eso, Rosa Arranz señala también la responsabilidad de las administraciones públicas y se queja de que no haya habido una apuesta política firme para evitar esta situación: “se han puesto parches, pero no se han solucionado los problemas”. Si bien destaca que tiene que existir un trabajo conjunto también por parte de la sociedad civil organizada, para hacer más atractivos los pueblos. Ella es el vivo ejemplo: su experiencia de vida como mujer rural la llevó a participar del sindicalismo agrario y el feminismo rural.

El coche como garantía de vida
A hora y media en coche, en la comarca de Tierra de Campos, provincia de Valladolid, vive Laura de la Iglesia, una mujer de 33 años, con estudios universitarios y un doctorado en Ciencias de la Educación, que ha decidido vivir en Berrueces, de 101 habitantes, y que a diferencia de Olombrada, ya no tiene ni bar.
Natural de Medina de Rioseco, Laura vivía en Palencia cuando una oferta de trabajo la llevó a hacer el camino inverso al de las chicas de su edad. Hace seis años se estableció en Berrueces, junto a su pareja, porque el municipio le “ofrece espacio, tiempo y todo lo que necesita para ser feliz”. Eso sí, reconoce que la felicidad se la debe a su coche personal, que le da “la libertad, la posibilidad de acceder a espacios de ocio y la posibilidad, incluso, de ir al médico. Vivir en el medio rural sin coche se hace bastante difícil, incluso, para un análisis de sangre”. Conducir es la única opción de Laura para llegar a su trabajo, a solo 7 kilómetros de su casa.

Laura de la Iglesia
Vecina de Berrueces (Valladolid)
Laura coincide con Rosa en que la falta de empleo es una de las razones fundamentales para que las mujeres jóvenes salgan de los pueblos, y añade: “las personas que quieren emprender en el medio rural se encuentran con auténticos muros de burocracia”. Afirma incluso que tiene amigos que “si llegan a saberlo no lo hacen”.
Actualmente Laura es también profesora asociada en el Campus de Palencia de la Universidad de Valladolid, y los 70 kilómetros que separan este trabajo de su casa no la disuaden de la vida rural. Al menos, mientras sea joven, porque con melancolía asume que las condiciones de vida que actualmente tiene en el pueblo no garantizan que pueda envejecer allí.
Reivindicaciones como mujeres rurales
Rosa Arranz y Laura de la Iglesia se llevan 25 años, pero sus reivindicaciones pertenecen a una misma generación: la de las mujeres que no se resignan a elegir entre ellas o su pueblo.
Rosa se queda casi sin aire explicando lo que podría parecer obvio: “Que se nos tenga más en cuenta porque somos las mayores conocedoras de lo que sucede en nuestros pueblos y de sus posibles soluciones. Sabemos de los recursos necesarios para tener una vida digna aquí. Que se enteren de que las mujeres formamos parte de esta sociedad y contribuimos al desarrollo de la misma, también en lo económico, porque buena parte del desarrollo de nuestras comarcas y nuestros pueblos depende de nuestros trabajos en ellos”.
LOS PUEBLOS SE QUEDAN SIN MUJERES EN CASTILLA Y LEÓN